Hoy note como me veías. Me dio
miedo. Parecía que esperabas algo. No sé exactamente qué, pero me lo puedo
imaginar. Y espero me equivoque.
Porque esperarme
es una promesa vacía. Algo que solo te traerá amargura, y eso sería un gran desperdicio
a tu gracia, a esa libertad que te cargas. Esa libertad que me atrae tanto, que
tanto grita por ser robada.
Espero no me
esperes. No quiero contaminar de rojo tu azul perfecto. Ese azul como en los días de
picnic. O ese azul, casi gris, de cuando llueve, como tanto te gusta. O el azul
que tú quieras.
Todo lo que tú quieras. Todo menos
eso. Eso que no buscas, eso que no sabes, eso que no quiero.
Pero este escrito no es sobre mí.
Ni de ti. Es sobre el tiempo. Y como no espera a nadie, arrasando con todo lo
que se encuentra en su paso. Guiándonos, desviándonos, dirigiéndonos.
El tiempo que nos brinda de los
momentos que hemos compartido. Dándonos a nosotros mismo. Pero no esperándonos.
Es el tiempo al que debes esperar, no a mí. Él es el culpable, él nos dio todo. Todo menos tiempo. Y no queda más que esperar.
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