Wednesday, November 20, 2013

Cruzando Caminos

Te veo casi todos los días, más bien trató de no verte. Creo que tú también intentas no verme. Los dos fallamos. Y hay ese pequeño momento, diminuto, de mili , micro o hasta nano segundos, en que los dos nos vemos. Ese momento en el que no he comprendido lo que pasa por mi mente ni en la tuya. Ese momento que no quiero romantizar.

No entiendo la necesidad de la vida de hacer que nos reunamos todos los días por esos pasillos, entre tanta gente, cómo si le importara nuestras insignificantes vidas. No quiero decir que es destino, no hay nada de destino en esto.  Sabía que iba a pasar. Sin embargo, tampoco lo puedo ignorar, tú sabes cómo soy. Tiene que significar algo todo esto, ¿no? Lo he pensado mucho y quizás la vida está aburrida y decidió divertirse, cruzándonos.

Pero eso es egoísta, otra vez es pensar que somos más importantes de lo que en realidad somos. El verdadero porque es porque compartimos un pequeño espacio, un pequeño espacio dónde hay tantos recuerdos y tan poca gente. Un espacio dónde nada significa todo y todo no es nada. No hay razón de más allá, aunque los dos queramos una.

Sin embargo, no me puedo quedar sin hacer nada.  He decidido que la próxima vez que te vea, no te ignoraré. Te hablaré, siento la necesidad de hacerlo. No porque no pueda vivir sin ti, la verdad estoy muy bien sin ti, algo que trato de probar fallidamente en cada de nuestros encuentros. Pero porque ya no puedo con la curiosidad de saber qué piensas; porque ya no soporto este juego de niños. Habíamos quedado en algo, no sé cuándo se nos olvidó. No, no hablo de eso, eso ya lo puedes olvidar. Hablo de esto. Entonces, mañana llegaré, si es que estás solo, y de mi boca saldrá un “hola”. Un simple hola para regresarme a la cordura o la demencia, no lo sé aún. Puede que hasta me siente contigo a platicar, de lo que sea; para volver, ahora sí estoy segura, a la demencia. Cualquier cosa es mejor que seguir con este patrón.

O quizás no. Quizás seguiré viéndote todos los días de esa manera tan intrusa. Quizás solo me que quede con este escrito que no leerás. Debo admitir que mi valentía no me da para tanto, y sé que tú no harás nada. Y nos quedaremos en la cobardía de vernos todos los días, como dice la rutina.