Te veo casi
todos los días, más bien trató de no verte. Creo que tú también intentas no
verme. Los dos fallamos. Y hay ese pequeño momento, diminuto, de mili , micro o
hasta nano segundos, en que los dos nos vemos. Ese momento en el que no he
comprendido lo que pasa por mi mente ni en la tuya. Ese momento que no quiero
romantizar.
No entiendo
la necesidad de la vida de hacer que nos reunamos todos los días por esos pasillos,
entre tanta gente, cómo si le importara nuestras insignificantes vidas. No
quiero decir que es destino, no hay nada de destino en esto. Sabía que iba a pasar. Sin embargo, tampoco
lo puedo ignorar, tú sabes cómo soy. Tiene que significar algo todo esto, ¿no? Lo
he pensado mucho y quizás la vida está aburrida y decidió divertirse, cruzándonos.
Pero eso es
egoísta, otra vez es pensar que somos más importantes de lo que en realidad
somos. El verdadero porque es porque compartimos un pequeño espacio, un pequeño
espacio dónde hay tantos recuerdos y tan poca gente. Un espacio dónde nada significa
todo y todo no es nada. No hay razón de más allá, aunque los dos queramos una.
Sin
embargo, no me puedo quedar sin hacer nada.
He decidido que la próxima vez que te vea, no te ignoraré. Te hablaré,
siento la necesidad de hacerlo. No porque no pueda vivir sin ti, la verdad
estoy muy bien sin ti, algo que trato de probar fallidamente en cada de
nuestros encuentros. Pero porque ya no puedo con la curiosidad de saber qué
piensas; porque ya no soporto este juego de niños. Habíamos quedado en algo, no
sé cuándo se nos olvidó. No, no hablo de eso, eso ya lo puedes olvidar. Hablo
de esto. Entonces, mañana llegaré, si es que estás solo, y de mi boca saldrá un
“hola”. Un simple hola para regresarme a la cordura o la demencia, no lo sé
aún. Puede que hasta me siente contigo a platicar, de lo que sea; para volver,
ahora sí estoy segura, a la demencia. Cualquier cosa es mejor que seguir con
este patrón.